viernes, 8 de junio de 2018

ABRIL, 20 al 25: un alcohol de niebla...


MARTES 20

La noche del fin del mundo ya sube desde el Polo y se lo lleva todo. Para colmo en  Río Grande ordenaron oscurecimientos y ahora todas las ventanas de la ciudad están cubiertas por unos plásticos negros baratos pero eficaces. Ni rastros del día. El sol un recuerdo.
Lejanas negociaciones diplomáticas como una esperanza de paz que se diluye por la tele. Acá la guerra no parece tan lejana. La cajera del supermercado, el mozo del bar del hotel, la chica del kiosco, todos tienen un marido, un hermano, un padre, un hijo en el frente. El BIM 5 ya despachó su guarnición.
Los triunfalistas que hasta ayer nomás se preguntaban sacando pecho dónde pensaban reaprovisionarse los barcos del “principito”, ya descubrieron en mitad del Atlántico una isla de mierda llamada Ascension. Así, sin acento. Aprendemos su nombre.
Hay que llenar otro número dedicado por entero a la guerra. Las ventas van bien. Igual nuestros jefes se oyen nerviosos. Desesperan en la búsqueda de lo que no saben qué es. Pero ellos sí parecen lejanos.
Nosotros hacemos nuestro trabajo. Andamos las calles revolviendo la basura de los mentideros, juntando chismes que no llegan a ser rumores, especulaciones propias y ajenas, teorías improbables, hipótesis forzadas y más chismes. Después mezclamos todo eso con las mentiras oficiales, y así, con esa nada, rellenamos nuestros informes por no mandarlos en blanco.
Y la noche absoluta y los burdeles infinitos y mucho muy buen whisky a muy buen precio. La tormenta perfecta.

Foto: Isla Ascension.


MIÉRCOLES 21

Todos aprendemos la guerra. Nuestros vigilantes también. La censura naval se afina. Aquél preguntón que creímos olvidar en la barra del Tropicana, resultó ser un capitán de fragata que anda siempre de civil, siempre entre nosotros, y cuyo nombre sin embargo no consigo recordar -¿D´Avalos? ¿D´Acorso?-, y que ahora me llama temprano a su comando en el Batallón y allí me explica sin demasiada paciencia que todas esas tonterías que pongo en mis notas sobre el frío y la lluvia y la noche y el sol, son “información meteorológica de utilidad para el enemigo”.
Que no joda más si no quiero que me rajen de la Isla. No parece una metáfora.

Foto: Base Aeronaval de Río Grande, abril de 1982.

JUEVES 22

Nos avisan que Galtieri visita las tropas acantonadas en Malvinas y que de regreso su avión hará una escala en Río Grande. “Agárrenlo ahí”, nos gritan desde Buenos Aires. Algo es algo.
Como no sabemos a qué hora será, para no quedarnos dormidos decidimos no dormir y pasamos la noche en un burdel.
Hoy no retengo sino flashes de esa mañana onírica, todos estamos un poco borrachos. Galtieri también.
Recuerdo su avión que aterriza, lo veo bajar la escalerilla, estamos en la pista, todos los periodistas destinados a la Isla, nacionales y locales, diez o doce. Inolvidable un ¿colega? de una radio de Ushuaia, que al ver a Galtieri se inmola en su emoción y le hace la venia sin percibir que tiene su grabador en la mano derecha y que allí cae y revienta contra el piso. Su buen nombre también.
Debe estar cerca el mediodía porque amanece. Allí asoma el sol, eso también lo veo.
Y veo a la estrella del noticiero oficial José Gómez Fuentes bajar del mismo avión, lleva un impermeable blanco y un pañuelo celeste al cuello. Viva la patria.
Galtieri accede a la prensa. Algo es algo.
Ya dentro del edificio del aeropuerto avanzamos a su alrededor hacia la confitería desierta por la guerra. Somos varios, civiles y militares, periodistas y andá a saber. Yo logro posicionarme, y ahora camino a su izquierda. Ahí está la foto. Y pese a mi borrachera, o justamente por ella, me absorbe su figura tremenda. Lo miro y lo observo. Sé que contemplo un hombre inolvidable. Que nada ni nadie lo salvará de la historia. Alto como grandote, el rostro rojo, los ojos celestes y rojos. El pelo más blanco que gris. Lleva uniforme de fajina, su gorra en la mano cargada de estrellas, y en su cabeza, ahí adentro -la miro, lo pienso-, todas las verdades de esta guerra y la suerte de miles de soldados y de todos nosotros. Y todo ahí, en esa cabeza, tan a mano, me digo, y sin embargo…
Avanzamos juntos unos diez, doce metros, tomamos una mesa, yo quedo sentado a su lado, ínfimo, absorto, medio en pedo. Hablamos un rato, preguntamos de todo, no dice nada. Declamaciones patrióticas, arengas destempladas, invocaciones inútiles, Dios, la patria, la bandera, etc… su voz arenosa, el tono eufórico, los ojos inyectados… no puedo decir que esté borracho, pero sí que lo parece.
Y ya no retengo mucho más. La rueda de prensa se rompe, supongo, Galtieri se va, por fin. Con su avión y su Gómez Fuentes. Él también nos dice algo. Nada que recuerde.
El resto se deshace en un alcohol de niebla.


Foto de Marcelo Figueras: A la izquierda de Galtieri, yo, y a la derecha, aquél ¿colega? que acaba de estrellar su grabador.  


SÁBADO 24

Viáticos suculentos, precios y ofertas de free shop. Fumamos Galoisse y Gitanes, bebemos Ye Monks en vasija y Glenfiddich, comemos ostras chilenas, cordero patagónico, langosta, langostinos. Tomamos los mejores vinos del mundo. Hay caviar ruso, si queremos. Chocolates suizos. Nikkon, Chanel, Lacoste. La medida del mejor scotch es más barata que el peor jugo de naranja. Tierra del Fuego en plena guerra. Todo es raro.

Foto: Soldados argentinos en las Islas.


DOMINGO 25

Y atacan Georgias. El fuego ha comenzado. La guerra.
Sin embargo no hay muertos ni hubo batalla, dicen. Las tropas argentinas al mando del capitán Alfredo Astiz se rinden sin disparar un solo tiro, dicen. Otros dicen que no. "Rompo la radio y reviento los pacos", dicen que dijeron. Que se replegaron al interior de la isla y que resistirán a cualquier precio porque "son comandos entrenados para sobrevivir comiendo raíces si hace falta" y cosas así, dicen. Nacen Los Lagartos, la leyenda. De a ratos especulamos con ella, de a ratos nos reímos y nada más. Ya nada parece del todo cierto.
Ansiosos de sangre y llamas, en la redacción enloquecen. Un jefe que no voy a nombrar porque ya se murió me pide que intente llegar a Grytviken. Le pregunto si voy en tren o alquilo un auto. Se consagra el delirio. La guerra.
Yo sé que ahora vendrán días extraños.


Foto: el bravo Alfredo Astiz en Georgias, se rinde amablemente apenas contactar al enemigo.



* * *

ABRIL, 28 al 30: el perfume de la pólvora...


MIÉRCOLES 28

En un presente inconcebible ayer nomás, Nicanor Costa Méndez invoca el TIAR de la mano de Fidel Castro. En La Habana representantes de 31 países comunistas ya declaran su apoyo a la Argentina. Venezuela y Perú protestan ante la ONU por la invasión británica a las Georgias. Nicaragua se declara formalmente de nuestro lado, y de pronto la dictadura argentina se abraza al gobierno sandinista de Daniel Ortega.
En las revistas de Atlántida florecen inesperadas reflexiones latinoamericanistas, invocaciones bolivarianas, y un repentino respeto por la Unión Soviética. El Chacho Peñaloza, don Juan Manuel, Facundo, sombras siniestras del ayer que ahora vuelven como próceres decapitados con la cabeza cocida de apuro. De pronto podemos citar a Scalabrini Ortíz y opina el Colorado Ramos. No se sabe qué hacer con Rivadavia.
Recuerdo el 2 de abril en la Plaza, bajo el balcón de Galtieri cuando Miguel Wiñazki me dice: “se fracturó la lógica”. Y sí.


Foto: Nicanor Costa Méndez y Fidel Castro. La foto pertenece al encuentro del Moviento de Países no Alineados que será en los primeros días de Junio. Pero grafica más que mil palabras el abrazo de la dictadura con el socialismo cubano. 

JUEVES 29 


La pólvora disipa las palabras. El tiempo de las charlas se termina. Las posiciones se definen.
El Departamento de Estado norteamericano le entrega una nota al embajador argentino dando oficialmente por finalizada su “gestión de buenos oficios en la crisis por las Islas Malvinas”.
Argentina invoca el TIAR, pero Chile, Colombia, República Dominicana y Estados Unidos, se oponen.
Chile se declara neutral, pero ya Pinochet se va a la cama con Margaret Thatcher.
La Comunidad Económica Europea decide un bloqueo comercial contra la Argentina.
El gobierno argentino no le bloquéa nada a nadie.
El ministro Roberto Alemann promete seguir pagando puntualmente la deuda externa. 
El imperecedero Henry Kissinger, avisa: “Europa es la clave de la política exterior de los Estados Unidos, y dentro de Europa, los británicos son sus más estrechos aliados”.
Las conversaciones de paz se encienden, se incendian, y se apagan.
Y dejan en el aire ese perfume de la pólvora.

Foto: Augusto Pinochet Ugarte, traidor latinoamericano por excelencia. 

VIERNES 30

Un decreto de la Junta Militar pone el pie de una vez por todas sobre el manejo de la información. Advierte a los medios privados, y alinea a los propios. Hay penas por espionaje, traición a la patria, y otros beneficios. Por primera vez los marinos de la Isla corren para informarnos algo. “Van a terminar todos presos”, nos dice amablemente el capitán cómo se llame, aquél que nunca sonreía, y entonces tampoco.
Hay cosas peores, seguro. Pero como las ignoramos…
Esa mañana por ejemplo, el alto mando británico le ordena al submarino nuclear Conqueror que persiga y vigile al Grupo de Tareas 79-3, integrado por el petrolero de YPF Rosales y los destructores Bouchard y Piedrabuena, que a su vez asisten y protegen al crucero ARA General Belgrano.
Mucho peores.  

Foto: HMS Conqueror, submarino núclear británico.



* * *

jueves, 7 de junio de 2018

MAYO, 1 al 5: y atacaron Puerto Argentino...


SÁBADO 1

-- ¡Atacaron Puerto Argentino!
El conserje nos despierta con la noticia demasiado temprano, acabamos de acostarnos, fue una noche larga que ahora sigue de largo.
Estoy en Tierra del Fuego desde el 9 de abril y desde que volví de las Islas el 10 que no hago otra cosa más que fracasar en el intento por volver a las Islas.
Lo demás es lo de menos. La rutina de los burdeles, los mejores whiskys del mundo, las comidas incesantes, la espera que desespera, las presiones de la redacción, las putas, los milicos, la censura naval, la noche polar, el frío, la guerra… que ahora sí comenzó.
Bombardearon Puerto Argentino.
Corremos al BIM 5 que allí comanda el capitán de navío Miguel Pita, un tipo bajito, amable sin exagerar, pero campechano y feroz. Lo envuelve una leyenda de hombre duro desde los tiempos de la “lucha contra la subversión”. Participó de la Operación Rosario y se jacta con nosotros de haberse quedado con la bandera de los Royal Marines. Algún día él también será testigo por la defensa de Alfredo Astiz. Buenos muchachos.
El conserje no sólo nos avisó del bombardeo, nos dijo además que “habíamos” abatido un par de Sea Harrier.
Sin embargo cuando llegamos al Batallón el bravo capitán Pita parece compungido, preocupado, apesadumbrado, incluso. O Puerto Argentino había sido destruido por completo, o las bajas fueron demasiadas, pensamos.
Pero no, nada de eso. Por confirmar el derribo de los Sea Harrier, allí nomás lo felicitamos como si los hubiera bajado él mismo, y entonces Pita hace aquél comentario que Mario Markic y yo recordamos todavía:
-- Me pregunto por el daño que le estamos haciendo a Occidente con todo esto.
Nosotros nos preguntamos hasta dónde se puede pelear temiendo lastimar al enemigo.

Foto: Puerto Argentino, 1º de mayo. 


DOMINGO 2

Un día igual a todos. Y no.
Nosotros que buscamos información, y la única que conseguimos es la que baja por Radio Nacional entretejida en los comunicados oficiales de la Junta.
Desde Buenos Aires piden noticias, notas, fotos, fotos de combates, soldados en acción, ¿cadáveres en una playa no habrá? Te pedían esas cosas.
Y nosotros que no tenemos nada, que vamos y venimos como perdidos, como si no entendiéramos todavía que la guerra ha comenzado, que buscamos un árbol en medio de un bosque, porque ya todo, cualquier cosa, incluyendo el silencio, será noticia.
Cuando pase el tiempo, cuando todo termine, un día dentro de mucho sabremos que ya desde antes de ayer, 30 de abril, el submarino nuclear Conqueror cumple órdenes del alto mando británico y ya tiene en su mira al  ARA General Belgrano. Años tardaremos en saberlo.
Y resulta imposible precisar ahora qué hacemos ni dónde estamos esa tarde a la hora 16.02 cuando el primer torpedo impacta en el Belgrano arrancándole la proa.
Ni qué hacemos o dónde estamos a las 16.23, cuando el capitán Bonzo ordena abandonar el buque.
O a las 16.50, cuando el crucero escora a babor y desaparece de la superficie.
323 hombres mueren en esos pocos minutos mientras nosotros, supongo, andamos por ahí, buscando información, detalles del ataque de ayer, noticias viejas, o no, o bebiendo algo con algún charlatán, o escribiendo alguna mentira, o al pedo por las calles… imposible precisarlo hoy.
Pero Tierra del Fuego es tierra de la Armada y en pocas horas un rumor de espanto ya eriza las calles y se desangra hasta por los burdeles.


Foto: ARA General Belgrano a punto de hundirse.


LUNES 3

El Belgrano fue hundido.
Tres mil kilómetros al norte, en la redacción, la tragedia cobra ribetes de comedia. Nos piden fotos, testimonios, entrevistas con los sobrevivientes… quieren que alquilemos algún tipo de embarcación a ver si podemos cuando menos acercarnos hasta la zona de… bah.
Sin embargo la noticia del hundimiento baja desde Buenos Aires, estalla en la BBC, pero llega y se diluye en nuestras fuentes oficiosas sin que nadie la confirme oficialmente. Nadie nos atiende, nadie nos habla, nadie responde los teléfonos. Ni en la Base Aeronaval, ni en el Batallón, ni en el Comando de Ushuaia. Un silencio como del fondo del mar.
Recién hacia las seis de la noche, repentina, intempestivamente, el alto mando de la Armada en la Isla convoca por primera vez a una “conferencia de prensa” para los pocos medios que estamos allí. Somos, Gente, Siete Días, y esos medios locales que eran su propia tropa de verdad.
La cita es en un aula del casino de oficiales de Río Grande, y allí están ya sobre una tarima detrás de un escritorio el comandante del Área Naval Austral, contralmirante Horacio Zaratiegui; el capitán Miguel Pita, comandante del Batallón; el capitán Alfredo Dabini, comandante de la Base Aeronaval de Río Grande, el capitán Juan Carlos Grieco, jefe de la policía de Tierra del Fuego, y aquél capitán cuyo nombre no consigo recordar pero que andaba siempre de civil y siempre estaba allí donde estábamos nosotros… ¿D´Angelo? ¿D´Avila?... Excepto este último, que nos mira con odio y nos trata con asco, todos los otros alardean de un hábil manejo de la prensa. Pero ese día sus caras avisan la tragedia, el rumor que erizaba las calles.
Sin demasiadas vueltas Zaratiegui nos confirma que habían atacado al Belgrano, que se había hundido pero que había sobrevivientes, que los operativos de rescate ya habían comenzado, y que no quería fotos ni notas ni la más mínima explotación mediática del desastre.
-- Les aconsejo tomarnos en serio –concluyó el almirante.
Como si acabara de llegar de Júpiter, el enviado de Siete Días se levanta para invocar su representación de la opinión pública… Zaratiegui, sin mucho ánimo, intenta explicarle, calmarlo. Pero el otro no se conforma, insiste, confunde el desgano con la paciencia y se extiende en su monólogo hasta que el capitán Juan Carlos Grieco -jefe de la policía de la Isla-, le pide permiso a su jefe para sintetizar la posición de la Armada frente al tema:
-- A ver si le queda claro, mi amigo: yo me cago en la opinión pública.

MARTES 4

Temprano estamos en Ushuaia. La propia advertencia de Zaratiegui nos marcó el rumbo. Si de verdad hay sobrevivientes, sólo por allí pueden llegar.
Es un día de sol y el gran hotel Albatros, con vista a la bahía, todavía no se incendió. Somos tan pocos los periodistas de medios privados nacionales, que los marinos se permiten la marca hombre a hombre, y a cada uno de nosotros nos toca uno de ellos y a todos todos.
Pedimos habitaciones con vista a la bahía, pero no nos dan, no hay, nos dicen. No habrá télex, tampoco. Ni teléfono para llamadas de larga distancia. Tampoco podremos ambular por las calles porque habrá toque de queda. Nos informan. Ni podremos merodear por el bar del hotel con sus grandes ventanales a la bahía, porque el bar estará cerrado. Nos avisan. Y no podremos tampoco mirar por las ventanas de nuestros cuartos, porque hoy aquí también las ventanas fueron cubiertas por los hules negros de los oscurecimientos. Para que lo entendamos mejor, a partir de la pronta caída del sol, nos sugieren encerrarnos en nuestras habitaciones y no asomar hasta nuevo aviso bajo riesgo de ser detenidos. De gauchitos que son nos dejan una custodia en la puerta del cuarto. Los fotógrafos deben entregar sus máquinas. Y allí quedamos hasta el otro día. Así. Encerrados. Presos. Ocultos de todo y todo de nosotros.
Durante la madrugada más de 700 náufragos resucitan por esa bahía, pero nosotros no vemos nada. Estamos ahí, desesperadamente ahí, pero no vemos nada.

Foto: HMS Sheffield, hundido.


MIÉRCOLES 5

Apenas nos liberan con el nuevo día nos lanzamos a las calles, pero ya tampoco encontramos nada. No encontramos heridos, no tenemos acceso al hospital ni al puerto ni al aeropuerto, no hay rastros de sangre ni de pertrechos, no hay huellas, nada. Aquí no ha pasado nada. La guerra, nada más.
Sin esperanzas y en busca de otra suerte nos volvemos para Río Grande, tal vez allá haya algún sobreviviente que nos cuente algo.
Y no hay suerte pero sí noticias.
En Río Grande nos espera otra “conferencia de prensa” con el estado mayor de la Isla, que de pronto parece más animado.
En el día de ayer la Aviación Naval atacó al destructor británico HMS Sheffield con un misil Exocet disparado desde un avión Super Etendard. El buque se incendiará durante días, y el 10 se hundirá completamente. Mañana Londres admitirá 87 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos.
-- ¡Hemos hundido el Sheffield, señores!... –anuncia un recompuesto Zaratiegui.
Todos se felicitan y sonríen. No se golpean el pecho, pero casi.
En nombre del secreto militar escatiman detalles pero no autoelogios.
Hay en el aire como un aroma a venganza… pero es nada más la guerra, que huele a carne quemada.
De a poco las grandes tragedias, también serán rutina.


Foto: heridos británicos rescatados del Sheffield.






* * *

MAYO, 6 al 12: alerta roja...


JUEVES 6

Los ecos de la ovación por mi llegada a Malvinas, se apagaron hace rato.
Desde la redacción ya sólo recibo órdenes, presiones y reprimendas. Lejos del frente, asfixiados por la censura naval, el trabajo se hace imposible, cuando no absurdo.
Nuestros únicos teléfonos son los del hotel, y están pinchados. Los télex ya no funcionan. Así que lo más rápido que tenemos para despachar nuestras notas, es el correo naval, para lo cual debemos entregarlas en el Batallón, en manos de aquel capitán cuyo nombre no puedo recordar, el que anda siempre de civil y siempre donde estamos nosotros, por la noche en los burdeles, y por la mañana, por las dudas, en misa.
Él es nuestro jefe de redacción ahora. Él se ocupa de revisar nuestras notas y de tacharlo todo. Nos reprende por cada frase, y nos amenaza con deportarnos, con expulsarnos de la Isla cuando se le dé la gana. Cualquier cosa que escribimos resulta “información militar de utilidad para el enemigo”. Mis jefes me preguntan por qué no pongo más empeño.
Como cazadores ya desarmados, aun sabiendo que no podremos transmitirla, seguimos buscando información, rascándola como podemos de donde podemos.
Apuntamos algunas alertas amarillas, que al cabo Defensa Civil anuncia que no fueron más que simulacros.
A veces nos acercamos a la costa, en Río Grande, por sus alrededores, por aquí, por allí… miramos el mar con la esperanza de ver algo, una fragata, un submarino… pero sólo vemos el mar como si no viésemos nada…
También aprendemos a contar los cazas que cada vez más seguido rompen el cielo de Grande rumbo a las Islas. No podemos distinguir si son Dagger, Mirage, Skyhawk o Super Etendard. Los contamos cuando salen y cuando vuelven. Y notamos con los días que la cuenta no siempre cierra.


Foto de Marcelo Figueras: Hotel Ibarra, Río Grande.


VIERNES 7

Río Grande está ahí, a poco más de media hora de vuelo de Puerto
Argentino.
La Base Aeronaval Hermes Quijada, por lo tanto, es crucial para el apoyo logístico a las Islas.
Desde Grande, además, salen todas las misiones aeronavales, los Super Etendard, por ejemplo, y algunas misiones aeronáuticas y conjuntas también. Es acaso el punto más importante de todo el Frente Sur, incluyendo Comodoro Rivadavia y Río Gallegos.
Pero también es el destino más lejano de Buenos Aires, por eso son pocos los medios que se animan hasta allí. Ni La Semana de Perfil, ni Clarín o La Nación, ninguno de los canales, ninguna radio… Nosotros, nada más, Gente, Somos y Siete Días. Tres medios, dos empresas. Dos revistas de la poderosa Atlántida, y una de la ya agónica Abril, que así, entre el dos-uno, y la agonía, no alcanza a resultar una buena competencia. Ni siquiera eso nos queda.
El día es breve pero se hace largo, la noche es larga y se nos vuelve infinita.
La familia, los amigos, todos, todo lejos como en otra dimensión.
Y la guerra ahí, cercana pero lejana, presente pero ausente, aislada por el mar, inaccesible, invisible para nosotros.

Foto: Base Aeronaval de Río Grande. Pilotos de la 3ª Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque artillando un A4Q. En una de las bombas puede leerse: "HMS Invincible".


SÁBADO 8

Se dice, se dice, allí no falta quien hable. Sobre todo con nosotros.
Todos quieren contarnos cosas, militares y civiles que hablan como militares. Oficialmente no conseguimos confirmar nada, pero off the record hablan hasta los caballos.
Aceitamos cuanto podemos nuestros contactos con los altos mandos de la Armada en la Isla. Son nuestros regentes, y nuestros supremos. Y además sólo ellos pueden llevarnos de vuelta a Malvinas.
Los despreciamos y les tememos, claro, falta para los años de la verdad, pero sospechamos de todos. El contraalmirante Zaratiegui, ex-asesor de Masera; el capitán Pita, y su leyenda de “hombre duro en la lucha con la subversión”… falta para el tiempo de la verdad, pero podemos sentir el olor del azufre en todos ellos. Tratamos de ser amables.
Y ellos también, hay que decirlo.
Una de esas tardes, en su comandancia policial de Ushuaia, el capitán Griecco nos convida incluso un café, y con tono paternal, sonriente, nos explica:
-- Traten de entender, muchachos… nosotros estamos en guerra, ustedes no nos sirven para nada, al contrario, son un estorbo, un problema… Ojalá se fueran todos.
Tenemos línea directa con el contralmirante Zaratiegui, que por lo visto gusta operarnos personalmente. Pero tampoco se nos resisten a una visita los capitanes Dabini y Pita, jefe uno de la Base y el otro del Batallón. Ellos nos cuentan muchas cosas que nosotros nunca les creemos. Sólo asentimos impresionados o compungidos según la ocasión.
Porque no olvidamos que fue tan luego Dabini el que nos metió en aquél avión rumbo a las Islas el 10 de abril.
Ese que se ríe sin abrir la boca, como resoplando.
El que una noche se nos aparece ahí, en el bar del hotel, vestido de civil, y se sienta con nosotros y tomamos un whisky y en un momento saca una pistola con cachas de nácar y la pone sobre el centro de la mesa “porque en la cintura me molesta”, nos dice sonriendo, resoplando, y allí la hace girar como una ruleta. Rusa.
Pero él es nuestra gran esperanza de volver a las Islas.
Somos amables, y se nos descose el alma.

Foto: Batallón de Infantería de Marina Nº5, Río Grande.

DOMINGO 9

En las Islas mientras tanto siguen durante la noche los bombardeos navales, y durante el día los combates aéreos. Helicópteros y aviones caen de un lado y del otro. Hombres también.
Mi jefe me pide que le pida al almirante Zaratiegui, así nomás, que nos marque en un mapa de Malvinas, -“un mapa Kapeluz”, acota-, las posiciones de las defensas argentinas.
-- Así publicamos un gráfico, hm? –me explica.
Pese a mi juventud no me acaloro y le pregunto si el almirante debe dedicarle el mapa al Foreign Office en general, o a Margaret Thatcher en particular.
Y allí por primera vez me agarran unas ganas bárbaras de mandar todo a la mierda y volverme a Buenos Aires.
Somos, la Isla, la guerra, el periodismo, todo.
Hablo de los francos acumulados, de tomarme unos días, subir y bajar…
Mi jefe insiste con el gráfico.

Foto: Puerto Argentino, días de mayo. 

LUNES 10


Por primera vez ordenan un toque de queda en Río Grande a partir de las 10 de la noche.
Rumores de comandos ingleses operando en la Isla. Dicen que dicen que se vieron buques enemigos cerca de la costa, que las radios interceptaron diálogos en inglés. Pero dicen que dicen. Intentamos confirmarlo. Nos tomará años.
Falta mucho para saber que ya desde el 7 de mayo está en marcha la que un día será conocida como Operación Mikado.
La semana que viene un helicóptero Sea King aparecerá averiado al otro lado de la frontera, en territorio chileno. Comandos ingleses del SAS andan por ahí. El plan es atacar la Base Aeronaval de Río Grande, destruir todos sus aviones, todos los Exocet, matar a todos sus pilotos, y retirarse hacia Chile, donde simularían entregarse como si allí no supiesen nada. La operación será por fin abortada el día 18.
Pero de todo eso, ahí, ahora, lo único que sabemos es que a partir de la hora 2200 cualquiera por las calles será un blanco móvil.
Y que hoy no habrá burdeles.
Nada.
La noche infinita, y nada más.

Foto: Puerto Argentino, los bombardeos diarios. 

MARTES 11

Por la mañana me autorizan a volver por unos días, hacia el mediodía me dan la contraorden, por la tarde me autorizan otra vez, y por la noche otra vez la contraorden.
Igual ya sabemos que los vuelos comerciales hacia y desde Tierra del Fuego, fueron suspendidos “hasta nueva orden”.
No hay cómo salir, simplemente.
Estamos aislados en una isla.
Atrapados.
El continente inaccesible.
Como la guerra.

MIÉRCOLES 12

Noche de alerta roja en Río Grande.
Ya no es una amarilla, ni es un simulacro. No lo sabemos pero sí.
Dicen que dicen que hoy soltaron patrullas por las estancias, que se han visto más tropas por la ruta y los caminos, pero otra vez no hay cómo confirmar nada.
Sólo eso: que hay alerta roja, y que no hay dónde esconderse, que no podemos hacer nada, escapar, volar, nada.
Salimos a la calle y nos quedamos ahí, parados en la puerta del hotel, mudos, quietos. Miramos el cielo de la noche helada. Esperamos los Vulcan ingleses que acaso aparezcan ahora, ya, para bombardearnos, para matarnos y chau...
Todo está escrito, pienso sin pensar.
Morir aquí, así, me digo...
No hay cómo esconderse, escapar, volar…
Si una bomba es para nosotros, cualquier lugar es el mismo lugar.
Estamos atrapados, ahora sí.
Intentamos alguna humorada, pero no funciona.
Deberíamos rezar, o algo, pero no, nada, no decimos nada.
Lo miro a Mario, todavía lo veo, parado ahí… veo al conserje, también, y a Marcelo Figueras, nuestro fotógrafo… me parece que hay más gente pero ya no la veo. Miramos el cielo, la noche, no decimos nada, ni rezamos. Esperamos.
Una ansiedad muy parecida al miedo.
El alerta por fin acaba.
No recuerdo cuánto duró… ¿Diez minutos? ¿Veinte? ¿Horas?...
De alguna manera, sigue todavía.


Foto: Helicóptero Sea King caído en Agua Fresca, Tierra del Fuego, Chile. El reportero gráfico José Villaroel González consigue la foto cuando las autoridades chilenas intentan enterrar la aeronave con una excavadora. Publicada en La Prensa Austral de Punta Arenas el 21 de abril de 1982.  


* * *

MAYO, 13 al 17: en otro país...


JUEVES 13

De pronto la guerra decae en el gusto popular. El rating, las ventas…
-- El boom ya pasó –me explica un jefe desde Buenos Aires.
Sin hundimientos rimbombantes desde el Belgrano y el Sheffield, los ataques aéreos y el bombardeo naval a las Islas se han vuelto una rutina despreciable. Informes de la BBC que niega Radio Nacional. Todos esconden sus muertos.
Gente se queda porque tiene más presupuesto, pero Somos decide levantar a sus corresponsales. El próximo número ya no estará dedicado por entero a la guerra. Vuelven las imperdibles secciones de Vida Moderna, Deportes y Artes y espectáculos.
Por la mañana me autorizan el regreso y empiezo a intentarlo. Ya no hay vuelos comerciales, pero hago fácil. Más rápido y gratis.
Hablo con el capitán Dabini, jefe de la Base Aeronaval, que ansioso por librarse de todos nosotros, ahí nomás me mete en un Fokker de la Armada que esa misma noche aterriza en Ezeiza.
Todo es tan rápido que resulta brutal.
Duermo durante el vuelo y despierto de golpe en otro país.
Ezeiza, las luces de la autopista, las luces de los carteles, todas las luces de la ciudad, los restaurantes llenos, la tele con su programación habitual, la cola de los los cines, la guerra que se aleja y el Mundial que se acerca.
A poco de llegar comprendo mi error: no volví a Buenos Aires, me fui de Grande.
Y ya me quiero volver.

Foto: Puerto Argentino, mayo del 82.


VIERNES 14

La familia, los amigos, los vecinos, todos me tratan como a un héroe que ha vuelto del frente. Estuve donde nadie estuvo. Algunos me preguntan de todo, otros me explican de todo.
En la redacción no me reciben como a un héroe, en cambio. Por las dudas me la crea, lo primero que hacen es mandarme a refritar un cable como un aspirante a prueba. No me importa. Ni esa redacción es la que yo dejé, ni yo ya soy el que se fue. Belicistas y pacifistas, halcones y palomas, fuertes discusiones y altos delirios. Estrategias diplomáticas y militares. Acuerdos internacionales, misiles aire-tierra, tierra-tierra, condiciones climáticas, secretos de inteligencia… quien más quien menos, allí nadie ignora nada.
Todos se desbarrancan por un desfiladero moral muy angosto. Todo cambió de lugar demasiado rápido. Los enemigos de ayer ahora son amigos, y viceversa. De pronto Reagan es malo, y Castro bueno ¿Qué pasó aquí? Hasta Somos reconoce el sueño de La Patria Grande y las miserias del imperio. Todo se dio vuelta, y en esa confusión, ya nadie es quien era ni nada es lo que fue. Yo tampoco.
Por las calles la vida sigue como si nada. En los kioscos Margaret Thatcher con un parche en un ojo convive con Diego Maradona, que ahora debuta en el Mundial de España. La victoria es nuestra. La guerra se reduce a los noticieros que apestan a pólvora y carne quemada justo a la hora de comer.
En un ataque nocturno a la isla Borbón, aviones ingleses destruyen 11 aeronaves argentinas.
“Pa´que vean lo que es esto/ pa´que vean lo que es esto/ Si nos tiran con cañones/ Les tiramos con impuestos”, canta la hinchada de San Lorenzo.
En algún lugar de la ciudad Charly García escribe “No bombardeen Buenos Aires”.


Foto: revistas Tal Cual y El Porteño... que nadie se haga el fino.


SÁBADO 15

El día dura casi tanto como la noche.
No hay oscurecimientos ni toques de queda.
No hay alertas rojas ni amarillas.
Ni la cajera del supermercado, ni el pibe del kiosco, ni el mozo del bar. Nadie tiene un primo, un marido, un hermano en el frente.
Los cazas no rompen el cielo a ninguna hora. Tal vez ni siquiera podríamos oírlos en el estrépito de la ciudad.
No hay guerra.
La guerra es “allá”, me dicen, “en el sur”… “en las Islas”.

Foto: Buenos Aires, 1982. El Rosedal. Más de 3000 km del frente.


DOMINGO 16

Sin pensarlo más le digo a mi jefe que si hay que volver a Grande, cuente conmigo.


LUNES 17

El buque mercante Río Carcarañá es hundido por la aviación británica.
El bombardeo naval y los ataques aéreos sobre las Islas se intensifican intermitentes, pero constantes. La Flota Británica ya se despliega hacia el oeste del archipiélago.
Las mediaciones de paz se agotan, el conflicto recrudece, está claro, o Somos no retomaría la cobertura del Frente Sur. Volvemos.
Como aquél 9 de abril cuando yo me creía Hemingway rumbo al frente de Madrid, salimos de Aeroparque en el primer avión de la mañana, y otra vez somos tres los enviados. Héctor Alí quedará en Comodoro, el Pupi Jorge Alurralde en Gallegos, y yo vuelvo a Grande. La historia se repite, pero ya nada es igual.
No sólo en Tierra del Fuego se suspendieron los vuelos comerciales. Todos los aeropuertos del litoral atlántico fueron cerrados desde Trelew a Ushuaia.
Tendré que bajar por tierra desde Trelew a Grande.
Todo el Frente Sur, paso a paso, metro a metro, en plena guerra...
Y en algún momento, claro, cruzar como sea el Estrecho de Magallanes.
Me espera un largo viaje, y al final la derrota.

Foto: Buque ELMA Río Carcarañá, hundido.


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MAYO, 18 al 20: a lo largo del Frente Sur...


MARTES 18

Volver se dice pronto, pero…
Como una de esas sinfonías que arrancan con tres suaves acordes y acaban en un trágico tifón a toda orquesta, así aquél largo viaje comienza de lo más apacible.
Hacia el mediodía aterrizamos en Trelew, incluso tenemos tiempo de ir a Gayman a tomar un té galés, y a media tarde salimos en ómnibus para Comodoro Rivadavia, donde quedará el Turco Alí, y pernoctaremos los tres. Y así sucede.
La prensa como la patria hacia el sur se angosta y deshilacha. En Tierra del Fuego somos sólo tres los medios nacionales. En Gallegos encontraré varios más. Pero en Comodoro están todos. Todas las revistas, todos los diarios, los cuatro canales, no sé cuántas radios, incluso algunos enviados de medios extranjeros de países aliados o neutrales… un cronista de ANSA, un fotógrafo de EFE…
Ya tenemos reservas en el hotel Comodoro Rivadavia, el mayor de la ciudad, que además tiene casino, así que allí se concentra la entera prensa en su conjunto. Y llegamos justo para la hora de la cena, ahí nomás se arman las mesas, ya todos han bebido su aperitivo, todos parecen felices, animados cuando menos, comemos entre anécdotas de los unos y hazañas de los otros. Los que no somos derrotados por el alcohol, se arruinarán en el casino.
A medianoche tenemos ómnibus para Gallegos.
24 horas de viaje.
Lo dejamos pasar. Partiremos mañana.
Acá hay una alegría espantosa.

Foto: Tropas británicas llegan al Estrecho San Carlos. (EFE).


MIÉRCOLES 19

A esta altura de la contienda, ya está muy claro para todos: desde el Mundial 78 los medios no facturaban tanto. Los medios, y sus periodistas, pero también algunos militares.
Comodoro es tierra del Ejército, allí un mayor -de apellido Soria, Soriano o Solis, algo así-, se encarga, digamos, de “manejar” a la prensa, y todas las tardes a las seis nos reúne para una conferencia en la que rigurosamente se nos informa nada.
Esa tarde, cómo olvidarlo, el entusiasta mayor nos cuenta sobre la impresionante cantidad de material pornográfico que fue secuestrada el 2 de abril en el cuartel de los Royal Marines en Malvinas. El mayor es un hombre limitado, pero lleno de patriotismo. Allí nomás nos garantiza la victoria.
-- Porque los ingleses son todos homosexuales -nos explica.
Un muy buen fotógrafo que no voy a nombrar me cuenta que el mayor, además, es uno de sus mejores proveedores. El tráfico de imágenes alcanza su mediodía. Incluso ya rueda entre colegas un tarifario tácito: fotos de soldados en las Islas, tanto, fotos de hundimientos, tanto, muertos en combate, tanto, cadáveres en una playa…
Esa noche cenamos en Comodoro, pero ya no dormimos ahí.
Sin opción, partimos.
Cuando vemos el ómnibus que va a llevarnos, advertimos que se trata más bien de lo que en Buenos Aires llamaríamos un colectivo suburbano.
24 horas ahí.
Enlatados rumbo sur a través de la noche helada del litoral atlántico en plena guerra.
A priori el viaje parece terrible, pero será irreal.

Foto: Cocina de soldados argentinos en en el frente de Malvinas.

JUEVES 20

0.30. Salimos.
Hacia atrás se desdibuja Comodoro y nos adentramos en el desierto que de noche es noche y nada más. Ya no vemos el mar. El mar ya no está.
Las horas pasan y nada más pasa.
No sé por dónde andamos. Intentamos dormir, pero estamos algo así como perplejos.
Antes del amanecer paramos a desayunar en una especie de rancho solitario en el corazón del viento. No hay otra cosa en la distancia. Sólo viento. Me pregunto por esa gente que vive ahí, así, cómo, por qué…
Seguimos. Volvemos al camino.
Afuera, ahora, se sucede el día, pero nada más. Un cielo gris impide siquiera distinguir las horas como si también el Tiempo fuera de otro lugar. El paisaje se repite sin errores, llano, seco, yermo, hay algo de eterno en su vacío.
Inmóviles en un mundo que rueda, avanzamos, claro, pero no parece.
Dormimos y despertamos y volvemos a dormirnos hasta que en algún momento paramos para almorzar en un lugar que parece otra vez el mismo lugar… ¿Andamos en círculos?
Y de nuevo el camino, el día sin horas, la Patagonia infinita, su magnífica nada. 
Y no vemos más la guerra. No vemos soldados, movimientos de tropas, aviones que pasan... Atravesamos cada tanto un caserío sin nombre que así como aparece desaparece, pero la guerra ya no se ve. Costeamos el Atlántico sur, la guerra está ahí, alrededor y sobre nosotros, digo nada más que ya no la vemos. Sin embargo podemos sentirla, escondida, agazapada. Esperando.
Caleta Olivia, Puerto San Julián, ciudades y pueblos que cruzamos sin ver o soñamos sin cruzar a través de una extraña dimensión que tampoco es la vigilia.
De a ratos dormimos. O nos desmayamos. Tanto da. Morir también. Tal vez ya morimos y la muerte es apenas esto: un viaje interminable a través de la nada hacia lo nunca. 
Más que cansados, estamos envejecidos.
Todavía puedo recordar esa molicie con todos los huesos, cuando de pronto emerge desde el fondo de la noche una ciudad oculta, calles sin luces, casas sin ventanas, autos a ciegas, hombres a tientas. Río Gallegos.
Es la medianoche del 20 al 21.
Allí está el mar otra vez.
Y al otro lado, en las Islas, sobre el Estrecho San Carlos, sobre las mismas aguas y bajo la misma noche, el 2º Batallón de Paracaidistas y el 40 de Comandos de Royal Marines, comienzan el desembarco.

Foto: Lanchas de desembarco británicas alcanzan las playas de San Carlos.



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