lunes, 11 de junio de 2018

sábado, 9 de junio de 2018

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Noticia

Este diario fue publicado por entregas en Facebook, entre los días 29 de marzo y 16 de junio de 2018.
A pedido de unos pocos -pero buenos (y por lo tanto suficientes)- lectores, lo recopilo aquí, en su propio blog, como un aporte más a la memoria de una guerra que tratamos de olvidar. 


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Aclaración

Nada de lo que aquí se cuenta es ficción. 
Son ciertos los nombres personales, los lugares, las fechas, los hechos, los diálogos, todo es real. 
Cualquier parecido con la ficción es un error involuntario, o la vana ilusión de que algo de todo esto no haya sucedido en la realidad.

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Anécdota


A principios de junio de 1982, en La Habana, en el marco de una reunión del Movimiento de Países No Alineados, el canciller Nicanor Costa Méndez, en busca de apoyo diplomático, se reunió con Fidel Castro.
En un momento, Castro le preguntó quién comandaría las tropas en el frente de Malvinas. El canciller le habló entonces del general Mario Benjamín Menéndez y de su extenso linaje castrense.
Fidel lo interrumpió.
-- Pero aparte de la familia, ¿es de los militares que pelean, o de los que se rinden?...

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"Yo fui el hombre, yo estuve allí".
Walt Whitman

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"La gran derrota, en todo, es olvidar".
L. F. Céline


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Introducción: Aquél otoño extraordinario...





Aquél otoño extraordinario
(una introducción)







En 1980 gobernaba Videla, la dictadura estaba firme, parecía eterna. El terrorismo de Estado, la censura y la represión ya habían aplastado y/o planchado casi toda forma de resistencia. La economía marchaba cada vez peor porque el plan económico se cumplía sin errores: se destruían la moneda y la industria nacional, y consecuentemente el movimiento obrero organizado; un pornográfico endeudamiento externo –aunque menor que el actual- rifaba la soberanía económica, y la timba financiera y la fuga de capitales alcanzaban su mediodía. Clarín, La Nación y La Razón ya se habían quedado con todo el papel para diarios del país, y con ese mismo papel tapaban el genocidio en marcha; y aunque un año antes la CIDH había constatado in situ la existencia de presos políticos y desaparecidos, una campaña formidable impulsada por aquellos mismos medios, logró reducir esas denuncias a una contracampaña antiargentina que los subversivos argentinos orquestaban desde el exterior. Contra toda realidad, se acuñaba el eslogan: “los argentinos somos derechos y humanos”.
En ese contexto, ese año, en octubre de ese año, yo comenzaba mi carrera profesional en el periodismo industrial. Para entonces llevaba meses pateando las redacciones de toda la ciudad y sus aledaños, golpeando sus puertas, dejando mis datos… y nada. Ya consideraba el camino de tantos amigos: el destierro… Si en mi país no puedo desarrollar mi vocación, me decía entre gallardo y aterrado… cuando a través de un profesor de la escuela de periodismo –que yo ya había abandonado meses atrás-, me propusieron un casting para una gran revista de circulación nacional: Somos, de Editorial Atlántida. Una revista creada para apoyar a la dictadura, y sobre todo, la política económica de Martínez de Hoz. Me dije entonces: “para el destierro hay tiempo”, y allí fui. Me probaron un mes, y quedé. Tenía 24 años.
Atlántida era entonces la editorial más poderosa del país, y también, como la dictadura, estaba firme y parecía eterna. Dos años antes se había enriquecido una vez más con las ventas prodigadas por el Mundial 78, sobre todo con sus productos El Gráfico, Gente y Para Ti.
Somos era el juguete preciado de Aníbal Vigil, hombre del Opus Dei, que así, desde Somos, defendía, sostenía y propagaba los valores católicos y capitalistas del Occidente blanco. Hecha a imagen y semejanza de Newsweek y Time, Somos era la más explicita de las revistas de Atlántida en su defensa del “Proceso”. La más impúdica, digamos. Pero yo quería ser periodista, y aquella editorial, con todo su poder y su despliegue, y con los profesionales más caros que habían quedado en el país, resultó ser una gran escuela. Diría el tango, “allí aprendí todo lo bueno, allí aprendí todo lo malo”.
Joven resistente con el tono moderado que recomendaba la hora, por entonces yo me nutría con las lecturas de Jorge Abelardo Ramos, Arturo Jauretche, Scalabrini Ortiz, Hernández Arregui... Somos, claro, representaba exactamente todo lo contrario, pero tampoco, hay que decirlo, era mucho peor que otros medios, ya que por entonces todos los medios eran oficialistas, a excepción de aquellos que ya no existían, y más allá de esos otros que acaso parecían rebeldes porque se oponían a un sector del gobierno o de las FFAA, pero siempre amparados por otro.
Días raros. Todo estaba mal pero sin embargo todo transcurría con “total normalidad”. No se hablaba de censura, los veteranos escribían como si nada, y por debajo nosotros trabajábamos sin francos ni feriados, callando nuestro espanto con la sicótica sensación de estar levantando un edificio que deseábamos se derrumbara cuanto antes…
Dejaría Somos recién cinco años más tarde, ya todo un profesional. Así que allí estaba ese domingo de lluvia y calles vacías cuando Viola sucedió a Videla en marzo de 1981; y en setiembre en la puerta de una clínica de La Plata donde se moría Ricardo Balbín mientras nacía la Multipartidaria insinuando una resurrección civil que justificó la caída de Viola y la asunción de Galtieri en diciembre del 81… y allí estaba también en el otoño extraordinario de 1982, cuando tenía la edad para ser un soldado y tuve la suerte de ser un corresponsal de guerra.
El viernes 9 de abril me enviaron a Tierra del Fuego por ese solo fin de semana, el lunes 12 debía estar de vuelta. Pero no. Volví recién el 11 de junio.
Durante esos dos meses viví en Tierra del Fuego entre Río Grande y Ushuaia, alcancé Puerto Argentino, recorrí por tierra todo el Frente Sur desde Trelew a Gallegos, y estaba de vuelta en Buenos Aires cuando llegaron el Papa, la derrota y el porteñazo que se llevó a Galtieri y marcó el principio del fin de aquella dictadura.
Días indelebles, carbón que el tiempo hace diamante.
Con todo lo sabido hoy, apuntes que guardé de entonces, y lo que grabó la memoria -imágenes, diálogos, instantes, esas cosas que nunca se olvidan-; escribo este diario, que tal vez no agrega mucho, pero nos recuerda dos cosas.
Que poco y nada sabemos de esa guerra, y que la gloria no es para los héroes. La gloria es para los vencedores valientes, a los valientes vencidos les toca el oprobio, y en el mejor de los casos, el olvido.
En su memoria, estas páginas.

D.A., marzo de 2018.






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MARZO: 30 y 31, la dimensión anterior...


MARTES 30

Paz, pan y trabajo.
Mierda.
Hidrantes, gases y palos.
Otro día de sirenas y corridas, heridos y detenidos.
Pero este es el primer paro general con movilización convocado por la CGT durante la dictadura. El desastre es su victoria. Los hechos se reproducen en Mendoza, Córdoba, Rosario, Neuquen y Mar del Plata. En Mendoza una bala policial mata a un sindicalista. En Córdoba el IIIº Cuerpo de Ejército patrulla las calles con columnas de hasta siete vehículos militares. Sólo en San Miguel de Tucumán hay 200 detenidos. Se dice que son más de tres mil en todo el país.
En algún lugar sé que tengo esa foto: somos un grupo de periodistas, cronistas y reporteros gráficos acorralados por la Guardia de Infantería. Es la esquina del Quijote de Av. De Mayo y 9 de Julio. Eso no se ve en la foto, pero yo lo recuerdo perfectamente.
Estamos mal, pero nos sentimos bien. Miramos caer la dictadura.

MIÉRCOLES 31

Ecos del 30. No se habla de otra cosa. Incluso en Somos, donde el desconcierto alcanza a los últimos entusiastas. La pendiente parece irreversible. Ni siquiera los tres grandes diarios con todo su Papel prensa consiguen tapar la bronca. Juan Alemann no es el mesías anunciado, Galtieri es un borracho. El descontento hierve. A lo lejos se oye tronar el escarmiento de la paciencia abusada.
Manrique Salvarrey, jefe de Internacionales, dice que la cosa en Georgias se está poniendo fea.
¿Qué?
Nadie le da bola.
Ecos del 30, no hay 31.

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ABRIL: 1º, el Colorado no estaba loco...


JUEVES 1

Porque tengo un amigo en el FIP, para ver si consigo escribir algo en el periódico de ellos -La Patria Grande-, (ya que en Somos nada más me hacen correr y sudar), porque soy lector de Ramos, pero sobre todo, por aliviar un poco la tensión ideológica de trabajar en esa revista pro-dictadura; me acerco al local de la calle La Rioja del Frente de Izquierda Popular. Pese a todas mis intenciones, sin embargo, fui esa noche y no volví más. El destino de todos cambiaba mañana.
Estamos alrededor de una mesa en el bar de la esquina. Cuatro, cinco personas. Todos hombres. Yo sólo conozco a mi amigo, Eduardo Fossati, dirigente originario del FIP. Hablamos de los sucesos del 30, de la represión, de la protesta, del final de la dictadura, cuando entonces llega Ramos, el Colorado.
No creo que fueran mucho más de las nueve, diez de la noche. El dato parece irrelevante, pero no. Ramos está ansioso, como apurado, no exultante, sino más bien ardiendo por la noticia que lo incendia.
-- Vengo de la redacción de Clarín: tropas argentinas salieron rumbo a Malvinas para ocupar las islas…
El Colorado Ramos tenía eso: era espectacular en sus intervenciones públicas. Con un fino sentido del humor, manejaba la ironía mejor que el Zorro su florete, y no se asustaba ante la prensa ni ante las cámaras, al contrario: descolocaba a sus entrevistadores anquilosados por el casete habitual de los políticos de entonces.
Pero allí no estábamos en público, no había cámaras, el único periodista en esa mesa era yo, y era insignificante, ¿por qué Ramos decía una cosa así? ¿Nos estaba jodiendo? ¿De verdad estaba loco, como decían los que no sabían cómo confrontar sus argumentos?...
En esa mesa están algunos de sus seguidores más próximos, de sus apóstoles. ¿por qué les dice una cosa así?...
Y sigue.
-- Esto lo primero que va a provocar es una caída violenta en la bolsa de Londres, ahí los militares argentinos van a comprender que una cosa es enfrentar a los generales ingleses, y otra a los gerentes ingleses… si no piensan pelear… van a tener que pelear igual.
Creo que todos en la mesa sienten lo mismo que yo: Ramos está loco. Malvinas. Ja. Enfrentar al imperio. Jo. Tan luego estos militares cipayos, entreguistas y asesinos a sueldo del imperio. Ja.
Ramos sigue hablando, pero ya no recuerdo más. Su inmensa noticia es como un eclipse.
Mañana será otro día. Y no.

Foto: Clarín, edición del 2 de abril de 1982. Tapa cerrada la noche del 1º.


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ABRIL: 2, banderas en los balcones...


VIERNES 2

Viernes por fin. Y no.
Ya no habrá viernes, domingos ni feriados.
Se fracturó la lógica.
Me despierto y como todos los días enciendo la radio clavada en Rivadavia. Pero hoy no está Héctor Larrea. Se oye una marcha militar. Conozco ese ruido. Pero no lo puedo creer. Recuerdo a Ramos. El Colorado no estaba loco.
Me ducho y corro. Es la hora de siempre, pero a cincuenta cuadras de la redacción puedo escuchar las puteadas de los jefes porque no estoy ahí ya.
La calle, la gente y los autos, bocinazos patrióticos y banderas en los balcones. No puede ser, pero es. Lo veo.
Corro hacia la redacción, pero por dentro me digo: tengo que llegar a Malvinas…
Pero llego a Somos y reboto de una patada rumbo a la Plaza de Mayo.
Allí ya está Miguel Wiñazki, nos encontramos bajo el balcón al que en un rato asomará Galtieri para quedar atrapado en su propio delirio.
La gente llega, la multitud se espesa en individuos. Todos festejan. Viva la Patria. Las Malvinas son argentinas. Ahora sí.
Un colimba azorado es alzado por un grupo de hombres que lo vivan como a un héroe. De pronto cualquier uniforme merece el aplauso.
Con las horas la Plaza desborda, llegan mas, llegan todos. Los ricos y los pobres, los negros y los blancos, los buenos y los malos, los unos y los otros y un solo corazón: las Malvinas son argentinas. Yo los vi, yo estaba ahí. No sé si quieren la guerra o ni siquiera pueden concebirla, pero en tal caso parece que no les importa.
Pasado el mediodía Galtieri asoma al balcón. Una ovación sucia de puteadas y chiflidos, pero las Malvinas son argentinas. Ahora sí. Todos estamos por fin de acuerdo. Los buenos y los malos, el dictador y su pueblo.
-- Se fracturó la lógica –me apunta Miguel.
Y sí.
Tardaré años en comprender lo que me dice, pero sí. Se fracturó la lógica, la sucesión de los hechos que encadenan la historia. Esto no es un antes y un después. Esto es un antes, un vacío, una cifra neutra vibrando en cero, y después un después.
Empezaba la guerra.


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ABRIL: 8 al 10, una misión miserable...


JUEVES 8

Hoy casi da risa. Somos cerraba los miércoles para ser distribuída por todo el país entre jueves y viernes. La toma de Puerto Argentino había sucedido un viernes. Los altos mandos de la revista disponían de toda la semana para pensar el próximo número. Pero adormecidos por años de periodismo oficialista, la sola pregunta que se hacían todavía, era: ¿Le dedicamos toda la edición a Malvinas, o sólo el pliego blanco y negro, y mantenemos las secciones de arte, vida moderna, espectáculos y deportes?...
El dilema lo resolvieron una vez más las revistas Time o Newsweek –a cuyas imágenes y semejanzas se hacía Somos-, no recuerdo cuál de las dos apareció primero con la tapa y buena parte del número dedicado a The Fakland War, y allí todas las dudas se disiparon de un soplo. Inmediatamente los altos mandos de Somos dispusieron el gran operativo, como hubieran hecho, seguramente, los muchachos de Time o de Newsweek.
Tabaré Areas era el jefe de la sección política. Nos convocó a su escritorio a Jorge Vidal -un veterano halcón de muy buena llegada entre los mandos militares-; Raúl García Luna, la gran promesa literaria de la revista, y yo, uno de los últimos cronistas de la mesa de cronistas, la carne de cañón.
Vidal es despachado rumbo a Comodoro Rivadavia –asiento del Ejército- con dólares, pasaporte por las dudas, y muy buenos contactos entre los militares del lugar para llegar a las Islas. Una misión protagónica.
García Luna va para Río Gallegos, a escribir “la novela de la guerra”. Una misión soñada.
-- Vos te vas a Ushuaia –me dice Tabaré-, hacé un poco de cotillón, ambiente, alguna encuesta callejera… eso sí: fijáte de traer fotos de los techos del hospital, que parece que ya les pintaron las cruces rojas por temor los bombardeos… y el lunes estás de vuelta, que acá hace falta gente.
Una misión sencilla… por no decir miserable.


VIERNES 9


Hora 6. Aeroparque de Buenos Aires. Embarcamos los tres en el mismo vuelo. En la línea el que avisa no es traidor, le pregunto a Vidal qué hago si veo la posibilidad de entrar a Malvinas. El viejo halcón sonríe con suficiencia, y lo dice:
-- Andá, por supuesto, pst… pero si no lo consigo yo, no creo que vos puedas…
Lo dijo.
Viajo sin fotógrafo porque en Ushuaia me espera el que debo compartir con Gente. No es lo ideal, pero es la guerra.
En Comodoro queda Vidal, en Gallegos me despido de García Luna, y hacia las seis de la tarde aterrizo en el aeropuerto de Río Grande. Instante imborrable, puedo recuperarlo entero, intacto, cuando quiero. Aquel viento del fin del mundo azotando la pista, agitando las alas de los aviones de combate que desbordan del gran hangar entre las sombras a mi derecha, la noche polar que se precipita, y al frente el pequeño edificio del aeropuerto como un gran hormiguero de vidrio repleto de turistas que no encuentran la salida. Rumores de guerra.
Y el deber de llegar a Ushuaia cuanto antes, y la necesidad de encontrar un fotógrafo que ni siquiera conozco, y la obsesión de llegar a Malvinas, y el apuro de volver el lunes, y el suboficial al mando de la aduana que ahora me pide los documentos, credenciales, me pregunta a qué vengo, qué quiero, a dónde voy… le digo que trabajo para la revista Somos porque supongo que sus jefes la leen con beneplácito, y tal vez sí, pero él no la lee ni la conoce ni le gustan los periodistas. Advierto la guerra, estoy en rumbo.
Salvado el suboficial y sus defensas, en media hora tengo ómnibus a Ushuaia. Allí me espera el fotógrafo. Creo. Pero no.
Como para estrenar la zona franca pretendo tomarme un buen whisky a bajo precio mientras espero la salida de mi ómnibus, y ya en la barra me sorprende por la espalda Jorge Palomar, el enviado de Gente, que allí está con mi fotógrafo, Carlitos Lares.
-- En Ushuaia no pasa nada, lo que pasa que en Buenos Aires no sé si saben que existe Río Grande, pero la cosa está acá, Dani, acá está la Base Aeronaval, de acá sale casi todo el apoyo logístico a Malvinas, si hay alguna posibilidad de entrar a las Islas, es desde acá, en Ushuaia no pasa nada…
Lo entiendo y me lamento. Mis órdenes son Ushuaia, los techos del hospital, cotillón… y el lunes de vuelta. Palomar me entrega al fotógrafo, pero me pide por favor que se lo devuelva cuanto antes, porque él seguirá allí, insistiendo con entrar a las Islas. No le importa entrar, pero son sus órdenes. Y quiere volverse cuanto antes: su mujer está por dar a luz.
Nuestro fotógrafo está en una mesa con otros periodistas que escuchan al capitán Alfredo Dabini, comandante de la Base Aeronaval de Río Grande. Nos sumamos al grupo y me presentan al capitán. Un hombre sonriente, grueso, que respira con gran esfuerzo, pero siempre por la nariz. Como resoplando.
-- ¿Otro más? –dice al darme la mano.
Le comento apurado:
-- Tengo órdenes de llegar a Malvinas…
-- Miré usted –me dice sonriendo, sin abrir la boca, resoplando-… mi dilema ahora es llevar cámaras o bombas… ¡cámaras o bombas!... ¿usted qué llevaría… cómo me dijo que se llamaba?
Cámaras o bombas.
Nuestro ómnibus se va. Arranco a Carlitos Lares de la mesa, prometo devolverlo cuanto antes, y partimos para Ushuaia. Será un viaje largo y sinuoso, frío, inútil.
Llegamos a Ushuaia hacia la medianoche y alcanzamos a cenar en el restaurante del hotel Canal de Beagle junto a los grandes ventanales que dan a la bahía. Todo es bello menos la guerra.
Después de comer nos vamos a tomar una copa al Tropicana, el cabarute más renombrado de la ciudad.
Todos los burdeles de la Tierra del Fuego se parecen, pero el Tropicana, además, tenía show en vivo. Bebemos algo, escuchamos un rato “la voz que el tango esperaba”, soportamos a un preguntón con cara de milico, y nos vamos. Volvemos al hotel. Mi día fue largo y quiero descansar. Pero no.
Estamos alojados en el hotel Albatros que pronto será cenizas, pero ahora, allí, nos espera un llamado urgente de Palomar desde Grande. Lo llamamos. Arde.
-- ¡Necesito a Carlitos! –suplica-, ¡Dabini apareció por el hotel y dijo que nos metía en un avión a Malvinas mañana a la mañana, preciso a Carlitos, mandámelo ya, por favor!…
No puedo no preguntarle si habrá lugar para mí.
-- Mirá… le hablé de vos, pero me dijo que desembarcaba ocho infantes de marina para meter ocho periodistas, que no le pida que desembarque uno más… no sé qué decirte…
-- Yo voy igual, me tiro el lance.

Foto: Base Aeronaval Hermes Quijada, Aeropuerto de Río Grande, 1982.


SÁBADO 10

Corto y salimos y deshacemos durante la madrugada el largo y sinuoso y frío camino que habíamos hecho durante la noche, inútilmente.
Y poco antes de las siete de la mañana, noche cerrada todavía, ya deambulamos por el aeropuerto de Río Grande entre tropas apuradas, oficiales alterados y suboficiales rabiosos. No hay turistas, no hay bares, no hay shops, free shops… sombras nada más.
Yo me oculto entre ellas, trato de que no me vean, nadie me quiere allí. Ni los militares, ni mucho menos los colegas. Están Roque Escobar de la revista Siete Días, Palomar por Gente, y el resto son enviados de medios locales o provinciales. Sobro. Debilito la exclusividad de la nota.
-- Y ponés en peligro el viaje de todos –me advierte el fotógrafo de Siete días, claro.
Pero ese caos interno, ese despelote general que algún día ayudará a explicar la derrota, allí ya se notaba en todo, y fue mi suerte.
Hacia las ocho de la mañana, noche todavía, ordenan el embarque y el grupo de periodistas se mueve entre las sombras, las tropas, los oficiales y los suboficiales rumbo a un Fokker F28 que espera a pocos metros del edificio. Nadie controla nada. Hay una fila de soldados que embarca primero, y detrás subimos nosotros. Así nomás. Nadie pide identificación de nada. Nadie siquiera con una lista para ver cuántos somos, quiénes, cómo nos llamamos, qué medios, nada. Simplemente abordamos y allí estamos ya.
Soy conciente de estar burlando a la temible Armada Argentina en plena guerra, en plena dictadura. Podría ser acusado de espionaje, de cualquier cosa, si estos están todos locos, pienso. Estoy por entregarme. Pero una vez arriba del avión me escondo entre las tropas que se amontonan en el piso hacia la popa desmantelada de butacas. Son soldados del Batallón de Infantería de Marina Nº 5 con asiento en Río Grande. Algunos se ríen como si todo fuera una gran broma.
Cuando parece que ya no falta nadie, aparece como un regalo de reyes la cúpula de la Armada. El almirante Juan José Lombardo, comandante del TOAS, el vicealmirante Carlos Busser, comandante del Operativo Rosario, y un par de capos más… entrevistas exclusivas, notas exclusivas, fotos exclusivas, ¡Malvinas!... el cielo con las manos.
Pero entonces, cuando ya sí estamos todos, irrumpe en la nave el capitán Dabini, allí adelante, sonriente pero resoplando, con los brazos en jarro y los puños en la cintura.
-- Acá me parece que hay colados… -dice, grita y mira, mueve sus ojos como dos reflectores, alcanza el fondo de la nave, y lo barre sin emoción...
Me veo abajo.
Ya.
Acaso detenido.
Acaso fusilado.
Pero entonces el capitán sale de escena. Se va, simplemente. Se despide de todos y chau, cierran la puerta, siento que encienden los motores, que el avión se despereza, que empezamos a movernos, a carretear, y que allá vamos… rumbo a las Islas Malvinas en mi histórica mañana del sábado 10 de abril de 1982.
¡Malvinas!...

Foto: Ushuaia.

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ABRIL: 10, un día en Puerto Argentino...


SÁBADO 10

Puerto Argentino, 9.21 a.m. Desembarcamos. Pisamos las Islas. Recuerdo la hora exacta y un montón de cosas. El sol y el frío y una larga fila de soldados que cruza la pista arrastrando carros cargados de armamentos y municiones y uno que destaca entre todos porque desborda de roscas de pascua. Mañana es domingo de Pascuas. Lo habíamos olvidado. Ya la guerra se lo devora todo.
En Malvinas están TELAM y ATC, pero nosotros somos los últimos medios privados que entrarán en las Islas por mucho tiempo. Eso aún no lo sabemos, pero ya lo sentimos. Sentimos el orgullo, la satisfacción, la importancia. Estamos donde y cuando cualquier periodista que se precie de tal quiere estar. Estamos en el lugar exacto en el momento justo. Eso sí ya lo sabemos.
Somos diez, doce periodistas, no lo recuerdo con precisión. Hay algunos colegas de medios locales y provinciales, pero sólo tres nacionales y privados: Siete Días, Gente y Somos. Tres revistas, dos editoriales. Así no hagamos nada, el material será excelente. Eso también lo sabemos ya.
Y no hacemos nada. En el aeropuerto apenas llegamos nos baraja un amable mayor del ejército, de inteligencia y de civil, que desde ya nos avisa que es imposible quedarse: no hay hospedaje, ni habrá permisos. Y ahí nomás nos recita lo que podemos hacer ese día: nada. No podemos hablar con los kelpers ni con los soldados. No podemos fotografiar vehículos militares, ni armamentos ni soldados. A cambio y de su mano haremos una especie de city tour y luego nos mandarán de vuelta al continente. Allí no precisan periodistas, ¿para qué?, nos pregunta amablemente el amable mayor: ¿para tener que cuidarlos?, ¿para tener un problema más?...
Del aeropuerto nos sacan en dos jeeps y nos llevan hasta la ciudad por un camino de piedra y barro que atraviesa un paisaje ídem. Estamos en Malvinas, me digo y me repito. Y lo miro todo como se mira Marte.

En un momento del city tour paramos a tomar un café en un hostal sobre la calle principal, el Upland Goose. El muy amable mayor nos pide que los esperemos allí unos minutos, que enseguida vuelve, y así lo hacen los colegas de los medios locales y provinciales, pero nosotros no. Nos apartamos de Siete Días, y nos adentramos en el pueblo subiendo una calle de ripio, tierra y barro. El sol ya no está, recuerdo, el frío era más intenso.
En algún lugar tengo más fotos de ese día, todas de Carlos Lares, claro. Estas me las pasó él. Mil recuerdos. Gracias, Carlitos.
En esa primera, arriba, en blanco y negro, Palomar y yo, entrevistando a un kelper con sus tres hijos. Estamos en la calle Ross Road, la calle principal de la ciudad, que corre junto a la bahía. El hombre habla un buen español con fuerte acento británico, nos dice que tiene miedo, dice que no le importa de quién son las Islas, que teme por sus hijos, por lo que pueda pasar. Sus niños hablan inglés, no entienden nada.
En la otra, en colores, los cinco enviados de los tres medios privados. De izquierda a derecha, el fótografo de Siete Días –cuyo nombre no recuerdo-, luego Roque Escobar, Jorge Palomar, yo, y Carlitos Lares. Allí están el sol, el frío, y la bahía junto a la calle principal.
La otra, en sepia, es una página de Gente. Allí vamos, en pleno vuelo hacia Malvinas, Palomar de espaldas, yo de perfil, y asoma la cabeza un colega de una radio de Ushuaia. Entrevistamos al vicealmirante Juan José Lombardo, comandante del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur. Cuando le preguntamos si están preparados para el combate,
Lombardo, campechano, imborrable, apoya su mano izquierda sobre mi pierna derecha, y nos dice sonriendo: “mi único temor es que las Islas se hundan de tanto armamento que les pusimos encima”.
La otra, en colores, apareció en Gente y Somos, también es de Carlitos. La toma adentro del avión que nos lleva a Malvinas. Un Fokker F28 con tres o cuatro filas de asientos –para la cúpula de la Armada y la prensa-, y el resto desmantelado para la tropa. Son soldados del Batallón de Infantería de Marina Nº 5 con asiento en Río Grande. Marchan al frente. Hablo con ellos, cambiamos incluso algunas bromas, parecen tranquilos.
Ahora sé que allí van destinados a defender el monte Tumbledown durante las jornadas del 13 y 14 de junio contra la Guardia Escocesa, el regimiento de Gurkas, y el 2 de Paracaidistas. Y no van a rendirse. Pelearán literalmente hasta la última bala, se repliegan bien pasado el mediodía del 14, varias horas después de la capitulación de Menéndez, cuando se les terminan las municiones. Y entrarán a Puerto Argentino en ordenada formación, con las armas al hombro.
Ahora que ya lo dijeron aquellos escoceses, ingleses y gurkas, sabemos también que esos “chicos” que van ahí pelearán como hombres, como “tigres”, y que si hubieran tenido municiones para dos horas más, los que se rendían eran ellos, los ingleses, los escoceses, y los gurkas.

Pero de todo eso todavía no sabemos nada y yo sigo con mi trabajo. Carlitos hace su parte y les saca esa foto a los soldados, donde ninguno sonríe como si ya lo supieran todo.
La otra foto es un sello del correo. No pude no mandar un telegrama desde allí: LLEGUÉ A MALVINAS. STOP.
Perdidos por las calles interiores de Puerto Argentino, charlamos con otros dos kelpers que nos dicen que aquello es Gran Bretaña y que ellos son ciudadanos británicos. Les recuerdo que "of second", y me mandan a la mierda. Seguimos andando y nos cruzamos con una mujer de unos sesenta años, queremos entrevistarla, pero sin oírnos comienza a gritar, se larga a llorar, y se aleja insultándonos. Percibo la rareza de la situación, pero no me siento un extranjero.
En el camino, me acuerdo, nos cruzamos con el padre Fernández, capellán del ejército, nos habla del buen ánimo de las tropas, desborda de fe, ¿esa foto no está, Carlitos?...
Por fin el amable mayor nos encuentra y recaptura. Ya tiene a los de Siete Días. Nos reprende, pero sin perder sus buenos modales. Y bajo la noche temprana de las cinco de la tarde, nos lleva de vuelta al aeropuerto. Nos quejamos pero nos conformamos. La exclusividad del material vuelve mucho lo poco. Y todavía hay más. 
En el aeropuerto lo encontramos recién desembarcado del continente al general Mario Benjamín Menéndez, flamante gobernador militar de las Islas. Lo rodeamos como gurkas y grabador en mano le sacamos cuatro o cinco frases vacías y previsibles. Declamaciones patrióticas, y consideraciones para los kelpers.

Entonces el amable mayor nos llama para embarcar, y como yo soy un novato, me hago el vivo y me escondo en un baño y cuando salgo nuestro avión ya partió y allí me descubre el amable mayor que ahora se agarra la cabeza.
Le digo que me quedo hasta mañana, y que mañana me voy. Me dice que no hay dónde ni es posible y me quiere meter en un vuelo que sale ahora para Comodoro. Le explico que tengo todas mis cosas en Río Grande, y así pujamos un rato hasta que por fin se consigue un avión para Grande, y me despacha.
Y allí voy ahora, a través de la noche atlántica en un Fokker completamente vacío, los dos pilotos y yo, los tres en la cabina. Ellos me dicen que preferirían estar “allí abajo con el cuchillo entre los dientes”, y otras bravuconadas que yo no les creo pero acompaño. No pude quedarme, pero vuelvo feliz: logré llegar y allí estuve. Cosas del oficio.
Y luego ya me veo en el hotel, el Ibarra de Río Grande, después de una ducha, la tele encendida, imágenes aéreas de una multitud nunca vista que allí desborda la Plaza de Mayo hasta más allá de la 9 de julio. Ese día Alexander Haig visitaba la Argentina y el pueblo le mostraba lo que pensaba de sus intenciones negociadoras.
10 de abril de 1982.
Indeleble.

Puerto Argentino


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ABRIL: 11 al 16, unas raras vacaciones...


DOMINGO 11


Río Grande, Tierra del Fuego. Domingo de Pascuas, descanso con gloria. Aún se oyen los ecos de mi llegada a Malvinas. Bien, pibe. Ahora mi jefe me dice que olvide mis órdenes, que no vuelva mañana. Que mejor me quede una semana más. Que intente volver a las Islas. Le digo que sí, claro.
Jorge Palomar y Carlitos Lares ya no están. Ahora por Gente está Mario Markic, y el fotógrafo que compartimos es Marcelo Figueras. La Flota Real lleva ya seis días de viaje, tardará en llegar o quizá no llegue nunca, como auguran y aseguran oficiosos nuestros contactos militares.
En el vacío de la espera nos armamos de una rutina que incluye siestas y/o excursiones –siempre “en busca de información”-, cenas, chicas y copas. Son como unas raras vacaciones en un paisaje de angustia y fatalidad.

Foto: La Royal Navy rumbo a Malvinas.


LUNES 12

La guerra vende bien. El próximo número de Somos también estará dedicado por completo a Malvinas. Todo empieza de nuevo. Los ecos de mi gloria ya son pasado pisado.
Sin nada mejor que hacer, sin noticias ni nota, entre turísticos y desesperados, decidimos darnos una vuelta por Ushuaia para visitar al contraalmirante Horacio Zaratiegui, comandante del Área Naval Austral, ex asesor del almirante Masera, futuro testigo por la defensa de Alfredo Astiz, en fin… Queremos establecer contacto, y ver qué podemos sacarle.
At five o clock, amable y sonriente, nos recibe el (contra)almirante en su comandancia de la Base con vista a la bahía. Lindo lugar. Cuero y madera, verdes oscuros, un mar de fondo y un Chesterfield que parece legítimo. Todo muy british. Es un encuentro muy ameno así que aprovechamos para pedirle información, acción, fotos de tropas, maniobras, adiestramientos, algo para comer... Una producción de Atlántida con la invalorable colaboración de la Armada Argentina.
Zaratiegui se ríe y se niega pero en cambio nos propone el contraespionaje. Dice que nos considera "propia tropa" y nos pide que “dejemos como olvidados" falsos informes en nuestras habitaciones, ya que todas las mucamas de todos los hoteles de la Tierra del Fuego son chilenas, y por lo tanto, espías. Quedamos más confundidos que asombrados.
Al despedirnos, sin embargo, misterioso y promisorio, el almirante nos recomienda no volvernos a Río Grande.
-- A lo mejor en cualquier momento tengo algo para ustedes.
Sin saber para qué ni por qué, nos quedamos en Ushuaia.
Esperamos.

Foto: Contralmirante Horacio Zaratiegui.

MARTES 13

Las horas pasan y se alejan, el 12 termina, el 13 comienza, pero ni noticias de Zaratiegui.
Ya no tenemos cuarto en el Albatros, y tampoco nos parece necesario tomarlo… ¿Para qué? Zaratiegui dijo “en cualquier momento”. Esperamos.
Comemos algo, bebemos bastante. Esperamos.
Conforme avanza el otoño el día ya no dura nada así que hace rato llegó la noche. Esperamos.
Bebemos un poco más, cada tanto llamamos a la comandancia, tememos nos hayan olvidado. Nada.
Nos tiramos a dormir en el auto bajo la noche helada, y nos helamos.
Hacia las tres o cuatro de la mañana alguien del hotel viene a buscarnos porque nos llaman de la comandancia. Nos esperan en la jefatura de policía de la Isla. Allí nos apostamos, y esperamos.
Furiosos como traicionados aparecen desde Río Grande los corresponsales de Siete Días… No entendemos qué pretendían, ¿qué les avisemos?... Todos juntos esperamos sin hablarnos.
Hacia las ocho de la mañana de la noche interminable, aparece por fin un auto del que bajan tres civiles esposados: son periodistas ingleses detenidos en Río Grande.
Detrás de ellos baja el almirante Horacio Zaratiegui, exultante, chocho. Lo fotografiamos junto a los detenidos mientras sonríe como un cazador que pone un pie sobre su presa.
Meten a los tres ingleses adentro y los perdemos de vista. El capitán de fragata Juan Carlos Grieco, jefe de la policía de la Isla, nos invita a entrevistarlo.
-- Espías, son –nos dice muy satisfecho-. Los encontramos merodeando la Base Aeronaval, sacando fotos, tienen mapas, binoculares… -sonríe, y nos aclara- Ojo… estos tres los detuve para ustedes… de los próximos ni les aviso… tengo miles de desaparecidos, tres más no me hacen nada.
Queremos sus nombres y los queremos ver. Son Ian Mather y Tony Prime, del The Observer, y Simon Winchester del Sunday Times. Los ponen contra una pared y nos permiten unas fotos de prontuario. Hablamos con ellos, nos dicen que están bien, tranquilos, que confían en que todo se aclare pronto. Prometemos alcanzarles cigarrillos y algunas cosas. Lo haremos. Nos parecen periodistas, quizá sean espías o ambas cosas, pero ahora, ahí, son prisioneros de guerra. 

Foto: Volante de la campaña lanzada en Gran Bretaña por la libertad de los tres ingleses. Así los fotografió Marcelo Figueras cuando los entrevistamos. Así los recuerdo.  Muy probablemente esa foto es suya. 

MIÉRCOLES 14

Día de cierre en Somos. Máquina y télex. ESPIONAJE BRITÁNICO EN TIERRA DEL FUEGO. Escribo y despacho. Lo intento. Me cortan el télex, así que la dicto por teléfono. Misión cumplida. Mi semana está salvada. Nos ganamos unos días de calma, descanso, paseos, copas, chicas… esas raras vacaciones.


JUEVES 15

Civiles y militares que allí hacen fila para invitarnos copas y contarnos cosas. Operetas. 
Bebemos sin oírlos o los oímos sin creerles, pero empezamos a preguntarnos cómo nos ganaremos el pan la semana que viene.
Todavía no conocemos la guerra. No hay por qué impacientarse.

VIERNES 16

Se nos ocurre entrevistar a nuestros colegas y/o espías ingleses, pero justo esa mañana los trasladan a Buenos Aires. Chau espías, chau colegas, chau nota.
No hay por qué preocuparse.
La flota británica no para de venir.
Tropas y más tropas argentinas desembarcan en Malvinas.
Desde Puerto Belgrano zarpa esa mañana el ARA General Belgrano rumbo al Teatro de Operaciones del Atlántico Sur.
Pronto habrá noticias de las grandes. 
Es infantil impacientarse. 

Foto: Crucero ARA General Belgrano.

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