JUEVES 8
Hoy
casi da risa. Somos cerraba los miércoles para ser distribuida por todo el país
entre jueves y viernes. La toma de Puerto Argentino había sucedido un viernes.
Los altos mandos de la revista disponían de toda la semana para pensar el
próximo número. Pero adormecidos por años de periodismo oficialista, la sola
pregunta que se hacían todavía, era: ¿Le dedicamos toda la edición a Malvinas,
o sólo el pliego blanco y negro, y mantenemos las secciones de arte, vida
moderna, espectáculos y deportes?...
El
dilema lo resolvieron una vez más las revistas Time o Newsweek –a cuyas imágenes y
semejanzas se hacía Somos-, no recuerdo cuál de las dos apareció primero con la
tapa y buena parte del número dedicado a The Fakland War, y allí todas las
dudas se disiparon de un soplo. Inmediatamente los altos mandos de Somos dispusieron
el gran operativo, como hubieran hecho, seguramente, los muchachos de Time o de
Newsweek.
Tabaré
Areas era el jefe de la sección política. Nos convocó a su escritorio a Jorge
Vidal -un veterano halcón de muy buena llegada entre los mandos militares-;
Raúl García Luna, la gran promesa literaria de la revista, y yo, uno de los
últimos cronistas de la mesa de cronistas, la carne de cañón.
Vidal
es despachado rumbo a Comodoro Rivadavia –asiento del Ejército- con dólares,
pasaporte por las dudas, y muy buenos contactos entre los militares del lugar
para llegar a las Islas. Una misión protagónica.
García
Luna va para Río Gallegos, a escribir “la novela de la guerra”. Una misión
soñada.
-- Vos
te vas a Ushuaia –me dice Tabaré-, hacé un poco de cotillón, ambiente, alguna
encuesta callejera… eso sí: fijáte de traer fotos de los techos del hospital, que
parece que ya les pintaron las cruces rojas por temor a los bombardeos… y el
lunes estás de vuelta, que acá hace falta gente.
Una
misión sencilla… por no decir miserable.
VIERNES 9

Hora 6.
Aeroparque de Buenos Aires. Embarcamos los tres en el mismo vuelo. En la línea
el que avisa no es traidor, le pregunto a Vidal qué hago si veo la posibilidad
de entrar a Malvinas. El viejo halcón sonríe con suficiencia, y lo dice:
--
Andá, por supuesto, pst… pero si no lo consigo yo, no creo que vos puedas…
Lo
dijo.
Viajo
sin fotógrafo porque en Ushuaia me espera el que debo compartir con Gente. No
es lo ideal, pero es la guerra.
En
Comodoro queda Vidal, en Gallegos me despido de García Luna, y hacia las seis
de la tarde aterrizo en el aeropuerto de Río Grande. Instante imborrable, puedo
recuperarlo entero, intacto, cuando quiero. Aquel viento del fin del mundo
azotando la pista, agitando las alas de los aviones de combate que desbordan el hangar entre las sombras a mi derecha, y la noche polar que se
precipita, y al frente el pequeño edificio del aeropuerto como un gran
hormiguero de vidrio repleto de turistas que no encuentran la salida. Rumores
de guerra.
Y el
deber de llegar a Ushuaia cuanto antes, y la necesidad de encontrar un
fotógrafo que ni siquiera conozco, y la obsesión de alcanzar Malvinas, y el
apuro de volver el lunes, y el suboficial al mando de la aduana que ahora me
pide los documentos, credenciales, me pregunta a qué vengo, qué quiero, a dónde
voy… le digo que trabajo para la revista Somos porque supongo que sus jefes la
leen con beneplácito, y tal vez sí, pero él no la lee ni la conoce ni le gustan
los periodistas. Advierto la guerra, estoy en rumbo.
Salvado
el suboficial y sus defensas, en media hora tengo ómnibus a Ushuaia. Allí me
espera el fotógrafo. Creo. Pero no.
Como
para estrenar la zona franca pretendo tomarme un buen whisky a bajo precio
mientras espero la salida de mi ómnibus, y ya en la barra me sorprende por la
espalda Jorge Palomar, el enviado de Gente, que allí está con mi fotógrafo,
Carlitos Lares.
-- En
Ushuaia no pasa nada, lo que pasa que en Buenos Aires no sé si saben que existe Río Grande, pero la cosa
está acá, Dani, acá está la Base Aeronaval, de acá sale casi todo el apoyo logístico a Malvinas, si hay
alguna posibilidad de entrar a las Islas, es desde acá, en Ushuaia no pasa nada…
Lo
entiendo y me lamento. Mis órdenes son Ushuaia, los techos del hospital,
cotillón… y el lunes de vuelta. Palomar me entrega al fotógrafo, pero me pide
por favor que se lo devuelva cuanto antes, porque él seguirá allí, insistiendo
con entrar a las Islas. No le importa entrar, pero son sus órdenes. Y quiere
volverse cuanto antes: su mujer está por dar a luz.
Nuestro
fotógrafo está en una mesa con otros periodistas que escuchan al capitán
Alfredo Dabini, comandante de la Base Aeronaval de Río Grande. Nos sumamos al
grupo y me presentan al capitán. Un hombre sonriente, grueso, que respira con
gran esfuerzo, pero siempre por la nariz. Como resoplando.
--
¿Otro más? –dice al darme la mano.
Le
comento apurado:
--
Tengo órdenes de llegar a Malvinas…
-- Mire
usted –me dice sonriendo, sin abrir la boca, resoplando-… mi dilema ahora es
llevar cámaras o bombas… ¡cámaras o bombas!... ¿usted qué llevaría… cómo me
dijo que se llamaba?
Cámaras
o bombas.
Nuestro
ómnibus se va. Arranco a Carlitos Lares de la mesa, prometo devolverlo cuanto
antes, y partimos para Ushuaia. Será un viaje largo y sinuoso, frío, inútil.
Llegamos
a Ushuaia hacia la medianoche y alcanzamos a cenar en el restaurante del hotel
Canal de Beagle junto a los grandes ventanales que dan a la bahía. Todo es
bello menos la guerra.
Después
de comer nos vamos a tomar una copa al Tropicana, el cabarute más renombrado de
la ciudad.
Todos
los burdeles de la Tierra del Fuego se parecen, pero el Tropicana, además,
tenía show en vivo. Bebemos algo, escuchamos un rato “la voz que el tango
esperaba”, soportamos a un preguntón con cara de milico al que entonces esquivo y subestimo, y al que volveremos a ver una y otra vez hasta el final de la guerra, detrás de nosotros, como una estela de odio. Nos vamos. Volvemos
al hotel. Mi día fue largo y quiero descansar. Pero no.
Estamos
alojados en el hotel Albatros que pronto será cenizas, pero ahora, allí, nos
espera un llamado urgente de Palomar desde Grande. Lo llamamos. Arde.
--
¡Necesito a Carlitos! –suplica-, ¡Dabini apareció por el hotel y dijo que nos
metía en un avión a Malvinas mañana a la mañana, preciso a Carlitos, mandámelo
ya, por favor!…
No
puedo no preguntarle si habrá lugar para mí.
--
Mirá… le hablé de vos, pero me dijo que desembarcaba ocho infantes de marina
para meter ocho periodistas, que no le pida que desembarque uno más… no sé qué
decirte…
-- Yo
voy igual, me tiro el lance.
Foto: Base Aeronaval Hermes Quijada, Aeropuerto de Río Grande, 1982.
Corto y
salimos y deshacemos durante la madrugada el largo y sinuoso y frío camino que
habíamos hecho durante la noche, inútilmente.
Y poco
antes de las siete de la mañana, noche cerrada todavía, ya deambulamos por el
aeropuerto de Río Grande entre tropas apuradas, oficiales alterados y
suboficiales rabiosos. No hay turistas, no hay bares, no hay shops, free shops…
sombras nada más.
Yo me
oculto entre ellas, trato de que no me vean, nadie me quiere allí. Ni los
militares, ni mucho menos los colegas. Están Roque Escobar de la revista Siete
Días, Palomar por Gente, y el resto son enviados de medios locales o
provinciales. Sobro. Debilito la exclusividad de la nota.
-- Y
ponés en peligro el viaje de todos –me advierte el fotógrafo de Siete días,
claro.
Pero
ese caos interno, ese despelote general que algún día ayudará a explicar la
derrota, allí ya se notaba en todo, y fue mi suerte.
Hacia
las ocho de la mañana, noche todavía, ordenan el embarque y el grupo de
periodistas se mueve entre las sombras, las tropas, los oficiales y los
suboficiales rumbo a un Fokker F28 que espera a pocos metros del edificio.
Nadie controla nada. Hay una fila de soldados que embarca primero, y detrás
subimos nosotros. Así nomás. Nadie pide identificación de nada. Nadie siquiera
con una lista para ver cuántos somos, quiénes, cómo nos llamamos, qué medios,
nada. Simplemente abordamos y allí estamos ya.
Soy
conciente de estar burlando a la temible Armada Argentina en plena guerra, en
plena dictadura. Podría ser acusado de espionaje, de cualquier cosa, si estos
están todos locos, pienso. Estoy por entregarme. Pero una vez arriba del avión
me escondo entre las tropas que se amontonan en el piso hacia la popa
desmantelada de butacas. Son soldados del Batallón de Infantería de
Marina Nº 5 con asiento en Río Grande. Algunos se ríen como si todo fuera una
gran broma.
Cuando
parece que ya no falta nadie, aparece como un regalo de reyes la cúpula de la
Armada. El almirante Juan José Lombardo, comandante del TOAS, el vicealmirante
Carlos Busser, comandante del Operativo Rosario, y un par de capos más…
entrevistas exclusivas, notas exclusivas, fotos exclusivas, ¡Malvinas!... el
cielo con las manos.
Pero
entonces, cuando ya sí estamos todos, irrumpe en la nave el capitán Dabini,
allí adelante, sonriente pero resoplando, con los brazos en jarro y los puños
en la cintura.
-- Acá
me parece que hay colados… -dice, grita y mira, mueve sus ojos como dos
reflectores, alcanza el fondo de la nave, y lo barre sin emoción...
Me veo
abajo.
Ya.
Acaso
detenido.
Acaso
fusilado.
Pero
entonces el capitán sale de escena. Se va, simplemente. Se despide de todos y
chau, cierran la puerta, siento que encienden los motores, que el avión se despereza,
que empezamos a movernos, a carretear, y que allá vamos… rumbo a las Islas
Malvinas en mi histórica mañana del sábado 10 de abril de 1982.
¡Malvinas!...
* * *